Jagoba Zulueta

Virus de Estado


talaia09 Jagoba Zulueta Jagoba Zulueta Berastegi (1972, Andoain). Responsable de la secretaría de formación de LAB.
 
 

La demanda de respuestas y soluciones ante las incógnitas y los problemas de dimensión aún desconocida que nos ha suscitado la pandemia provocada por el COVID-19 y la crisis que se deviene posteriormente acelera el análisis, precipita las conclusiones y sobre todo deja fuera de juego a quien quiera aplicar, sin ningún rigor, su agenda anterior a esta pandemia, sea para mantener el statu quo o para confirmar las tesis de ruptura formuladas con antelación. Aún a riesgo de sumarme a esa lista, quisiera señalar algunas de las evidencias que a nivel de gobierno político se han podido comprobar en estas semanas y formular algunas preguntas.

¿Quién manda aquí? El Estado, instrumento principal de decisión y acción

La pandemia ha golpeado duramente tanto al debilitado espíritu europeo como a la cacareada mayor autonomía europea. El virus no entiende de fronteras pero las de los estados se han afirmado notablemente en estos meses. El debate jurídico sobre las competencias de cada estructura jurídico – política puede ser apasionante a la hora de disculpar el vacío continental en la toma de decisiones para afrontar la crisis. Pero, el argumento de la competencia de los estados en materia sanitaria frente a las estructuras comunitarias, hace agua ante la realidad de que esas competencias dentro del estado español también están transferidas a las comunidades autónomas. Los estados han protagonizado y prácticamente monopolizado la toma de decisiones, y lo han hecho de manera consciente con una clara intención de reforzar su papel simbólico y de recuperar capacidad y competencias.

El estado francés, desde su organización y mentalidad jacobina, ya tenía todos los instrumentos para aplicar sus decisiones de manera directa. El estado español, en cambio, ha desatado toda una batería de medidas que no se pueden entender sino desde una perspectiva de propaganda política e ideológica de cara a reforzar las posiciones constitucionalistas españolas. Una vez aparcada la posición plurinacional del gobierno estatal para asumir el control de todas las decisiones y operaciones, hemos visto desfilar (literalmente) por las calles y los medios al ejército, las diferentes policías, la corona, los mensajes unionistas etc. El estado no es solo el marco de decisión económico, político, educativo... sino que se reclama mayor poder para él y se señala, por ejemplo, la falta de un ministerio español de sanidad con competencias como una de las debilidades y se intenta imponer hasta el calendario escolar.

La crisis provocada por la pandemia se aprovecha para apuntalar la tendencia de involución centralista del estado.

De la necesidad, virtud. La crisis provocada por la pandemia se aprovecha para apuntalar la tendencia de involución centralista del estado. Y eso se hace competencia a competencia o por medio de una renovación del consenso constitucional español, que si no se ha podido hacer vía reforma, se insinúa ahora con unos Pactos de la Moncloa II o por medio de una Mesa de Reconstrucción Nacional.

¿Dónde empieza Europa? El hundimiento del proyecto capitalista europeo.

La crisis de credibilidad de la Unión Europea, que gestiona con mayor éxito la reacción ultraderechista que la voluntad transformadora izquierdista, se ha acentuado con esta crisis. Cada estado ha establecido sus estrategias sanitarias y sociales. Se ha cerrado las fronteras internas de Schengen a las personas, pero el dinero y las mercancías han seguido fluyendo. La verdadera naturaleza de la Unión se ha manifestado una vez más. Pero también se ha constatado que no hay proyecto europeo para el salvamento de las personas. Ni de las que mueren a las puertas de la Unión ni de las personas trabajadoras que lo precisen puertas adentro. Ni gestión conjunta, ni perspectiva europea de las consecuencias, ni solidaridad económica.
 
Cabe señalar en el debe que, más allá de mensajes solidarios, tampoco a la izquierda, tampoco entre los pueblos, tampoco a nivel de clase, tampoco a nivel feminista se ha articulado o propiciado una reflexión estratégica de acción común más allá de los marcos estatales. No reaccionamos colectivamente a las medidas disciplinarias impuestas por la troika al pueblo griego en la anterior crisis, ni hemos sabido reaccionar de manera conjunta y contundente ante el letal cierre de fronteras a refugiadas y migrantes. Y ahora, la falta de una visión y una pulsión internacionalista y solidaria se ha visto confirmada una vez más.

Autonomía, ¿para qué? La renuncia del autonomismo a cuidar de su pueblo

Se podría intuir que las instituciones lideradas por Jean René Etchegaray (en este caso con muy pocas competencias y recursos como para liderar una respuesta comunitaria a la pandemia) y María Chivite no iban a rechistar a sus presidentes estatales a la hora de cumplir lealmente las órdenes recibidas. En el caso de Chivite, pesa además la obediencia de partido. Nafarroa, en esa línea, ha sido una vez más el laboratorio principal de propaganda militar del estado.

El caso más sangrante, sin embargo, lo encontramos en el gobierno de Gasteiz. Se puede hacer una lista interminable de decisiones a las que el gobierno de Urkullu ha llegado tarde o ha llegado mal, siempre rectificando alguna decisión contundentemente formulada poco antes. Pero lo más reseñable de cara al objetivo de este análisis son otras dos cuestiones.

La primera de ellas, la inacción. La renuncia a tomar decisiones políticas dirigidas a cuidar a su población. El autogobierno hizo aguas por parálisis y quedó en evidencia por las ganas del gobierno estatal de tomar el mando y ensayar un 155 general por alarma sanitaria. Desde entonces Urkullu ha ido a remolque y sólo ha levantado la voz para defender los intereses de una mínima parte de su ciudadanía, aquella organizada en el lobby empresarial que presionó de manera visceral para evitar las medidas de confinamiento cuasi total que ordenaban el cierre de centros de trabajo con labores no esenciales. El PNV ha optado en esta crisis de manera visible por la defensa de intereses de parte (de clase) contra los intereses generales de la población (la salud general).

El PNV ha optado en esta crisis de manera visible por la defensa de intereses de parte (de clase) contra los intereses generales de la población (la salud general).

La segunda cuestión a remarcar es el modo de gobernar. En una situación excepcional con el parlamento disuelto, Urkullu se ha reunido de manera presencial con cargos públicos de su partido en otras instituciones pero ha puesto obstáculos a reunir presencialmente la diputación permanente o ha evitado rehabilitar el parlamento. Ha tenido una confluencia de mensaje e intereses, que no se entiende sin una relación estable, con Confebask y ha dado la espalda a la mayoría sindical, a la que sus compañeros de partido han tratado de ridiculizar. Y por poner otro par de ejemplos ha despreciado el llamamiento del movimiento feminista a establecer una mesa técnica (plural y multilateral) para abordar la crisis de cuidados y, por otra parte, ha atacado la organización de redes locales de ayuda, cuidado y solidaridad para luego tratar de apropiárselas institucionalmente. El modelo de gobierno del PNV es del Jauntxo que pretende que el poder le corresponde por naturaleza, sus intereses son lo primero y los demás no deben tener otra función que la obediencia. La agresividad hacia el disidente y la insensibilidad hacia el sufrimiento demostradas estas semanas han sido demenciales.

¿Queremos un estado vasco? ¿Necesitamos una república vasca? Pasos hacia la construcción de la estatalidad y la soberanía

El virus pasará. Aunque nos hemos mostrado tremendamente vulnerables encontraremos las soluciones. Pero nuestra sociedad, nuestro modelo económico y político se ha visto desbordado una vez más. No hemos descubierto nuevos problemas. Pero se ha visto que el sufrimiento individual y colectivo que generan los problemas ya existentes no son asumible emocionalmente y prácticamente en estas situaciones extremas. Los intentos de imponer una nueva normalidad basada en la precariedad absoluta pero aceptable como mal menor, sustentadas en un discurso del miedo y que generara nuevos enemigos (los diferentes, las otras) a los que culpar, proliferarán y seguramente prosperarán. El todopoderoso mercado, una vez más salvado por los poderes (y los tesoros) públicos, encontrará (si no lo ha hecho ya) una adecuación de su discurso y el modo de acumular beneficios.

Pero nos queda la opción de transitar otro camino. El de las lecciones que nos deja esta nueva crisis. Sin duda, la primera es la importancia del estado. Este virus ha sido un virus de estado. Uno que los ha reforzado. O que, por lo menos, ha puesto el papel y el poder del estado en el centro del tablero. Y que, sin tener que alabar a ninguno, ha demostrado que las medidas que se pueden tomar (en clave de salud pública, de servicios públicos, de medidas económicas, ...) pueden ser muy diferentes: el modelo de ese estado dependerá de las ideas comunes y mayoritarias que lo impulsen y de las fuerzas organizadas que lo construyan.

Nos queda la tarea de dirigir esa capacidad a la construcción de una alternativa de cambio político y social.

Podemos extraer otras lecciones. La falta de soberanía explica, pero no excusa, la falta de estrategias propias, de estrategias nacionales. El movimiento feminista ha puesto encima de la mesa la cuestión de los cuidados como una crisis estructural, unos cimientos sociales que no aguantan más y que no merecen que se arrincone el debate otra vez. El movimiento sindical ha denunciado con desesperación la precariedad en el empleo, absoluta en algunos sectores que se han demostrado esenciales para el sostenimiento de la vida. La política industrial se ha visto desorientada del objetivo de proveer a su sociedad de bienes de consumo necesarios e incluso imprescindibles. Los servicios públicos han aparecido debilitados e insuficientes, víctimas de recortes y medidas precarizadoras. Y hemos visto una administración insensible a nuestro primer sector y a expensas del “mercado” para el abastecimiento alimentario... Demasiados boquetes en la fachada de nuestra casa.

Tenemos un pueblo que ha demostrado más compromiso solidario, más innovación tecnológica, más responsabilidad colectiva con la salud general y más generosidad política que sus gobernantes. Nos queda la tarea de dirigir esa capacidad a la construcción de una alternativa de cambio político y social. En Euskal Herria existen condiciones para que los valores, contenidos y procesos de estatalidad propia respondan a las necesidades materiales, políticas y emocionales que se han demandado mayoritariamente estas semanas.

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