Roser Casanovas | Col·lectiu Punt 6

«El urbanismo tal y como lo conocemos tiene un profundo sesgo patriarcal y antropocéntrico»

talaia11 roser casanovas Roser Casanovas es arquitecta y urbanista de la cooperativa Col·lectiu Punt 6, cooperativa de urbanistas que trabajan por repensar espacios domésticos, comunitarios y públicos desde una perspectiva feminista e interseccional.
 

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Equipo del Col·lectiu Punt6
 
Desde el urbanismo feminista alertáis de que el diseño y la organización de las ciudades no es algo neutral. ¿Qué lógicas subyacen en esos diseños?

El urbanismo tal y como lo conocemos tiene un profundo sesgo patriarcal y antropocéntrico, porque se mueve por las necesidades derivadas del trabajo productivo, sin responder a las necesidades de las personas que habitan en los territorios.
Todo conocimiento está influido por un contexto social y cultural, y el urbanismo no es una excepción. Pensar que el urbanismo y la organización de nuestras ciudades no han privilegiado unos aspectos delante de otros es ingenuo. Las decisiones nunca son neutras, siempre se priorizan determinados valores por delante de otros.


Esa planificación de las ciudades no deja ni tiempo ni espacio para cuidar. Esto repercute en la crisis general de los cuidados.

En la planificación de las ciudades se ha priorizado la producción antes que la reproducción, antes que los cuidados, antes que la vida de las personas
En la planificación de las ciudades se ha priorizado la producción antes que la reproducción, antes que los cuidados, antes que la vida de las personas. Y eso repercute directamente sobre la sostenibilidad de la vida, en todos sus aspectos. Se han creado entornos que no permiten cuidar y que no te cuidan. Esto afecta a la salud de las personas en general, y al el de las mujeres en particular. También afecta a la sostenibilidad de nuestro planeta y nuestro medio ambiente.
Por ello decimos que este modo de planificación está obsoleto y debe de cambiar.


La pandemia ha revelado algunas de las graves deficiencias de nuestras ciudades. ¿Cuáles serían las más destacables?
Esta pandemia ha evidenciado una crisis de cuidados de la que ya veníamos alertando desde del feminismo hace mucho tiempo. Y, sin duda, el aprendizaje que ha quedado más patente, es que todas las personas somos vulnerables y completamente dependientes, de un sistema sanitario, pero también de una red social que nos proporcione cuidados materiales y afecto. Necesidades básicas, sin ningún tipo de valor social que tradicionalmente han desarrollado principalmente las mujeres,   totalmente imprescindibles para que la vida tenga lugar. También somos dependientes de los ecosistemas que habitamos.
Esta dependencia y vulnerabilidad se ha manifestado en las ciudades más que en ningún otro espacio. Ha quedado claro que nuestras ciudades no están pensadas para garantizar la sostenibilidad de la vida.

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La pandemia ha contribuido a afianzar más que nunca la dicotomía entre el espacio público y el espacio privado. Los espacios domésticos se han presentado como el único espacio seguro. Se ha hecho un llamamiento a la responsabilidad individual de quedarnos en casa, sin siquiera mencionar el privilegio que supone tener una vivienda y de que esta tenga unas condiciones adecuadas de superficie, ventilación, materiales…o de cómo el género, la clase, la raza, la edad o la identidad sexual o de género, interactúan con el privilegio de tener una vivienda.
Nos hemos encontrado  resolviendo la mayoría de las necesidades de la vida propia y de nuestras personas dependientes en el interior de la vivienda. Durante el confinamiento se encerró la corresponsabilidad pública de los cuidados en el interior doméstico para que, nuevamente, recayeran los cuidados sobre las mismas.
En esta situación, han aparecido redes de apoyo mutuo en muchos barrios de nuestras ciudades que ejemplifican cómo romper el límite de la gestión privada de los cuidados y  cómo responder desde una lógica de gestión comunitaria a las necesidades de las personas (como ir a hacer la compra a una persona mayor de riesgo, compartir internet para garantizar el acceso a la educación a niños y niñas sin conexión, coser mascarillas, organizar una fiesta de balcones o muchos otros ejemplos que todas tenemos presentes).


Abogáis por un cambio de prioridades en el urbanismo, poniendo la vida en el centro.  ¿Cuáles serían las claves de un urbanismo feminista?

Se han creado entornos que no permiten cuidar y que no te cuidan
Frente a un urbanismo normativo basado en lo material, en el cambio sólo de la forma física, el urbanismo feminista incorpora los aspectos de la gestión del uso y del tiempo, que son muy importantes en la vida cotidiana de las personas. Frente a un urbanismo normativo que estandariza y homogeneiza a las personas, el urbanismo feminista trabaja desde una mirada de género interseccional. Frente a un urbanismo normativo disciplinador, el urbanismo feminista integra diversidades y desigualdades. Frente a un urbanismo normativo ajeno y estático, el urbanismo feminista tiene en cuenta la realidad del contexto y analiza el dónde se actúa. Frente al urbanismo normativo que prioriza lo productivo, el urbanismo feminista pone en el centro la sostenibilidad de la vida, tanto en sus análisis como en sus propuestas. Y, frente a una idea de autosuficiencia e individualismo, el urbanismo feminista tiene en cuenta la dependencia y la vida comunitaria. Para ello, el urbanismo feminista propone desjerarquizar, despatriarcalizar y territorializar el urbanismo.

 


Y, ¿qué elementos concretos contribuirían en esa dirección?
El urbanismo feminista no propone recetas mágicas. Hay que analizar cada territorio o entorno y buscar soluciones específicas a cada problema. Aun así, sí que se pueden dar algunas pistas. Nosotras trabajamos priorizando tres grandes objetivos: primero, reconocer y dar respuesta a las necesidades derivadas de los cuidados poniendo la vida cotidiana en el centro de las decisiones urbanas. Segundo, garantizar el derecho a unas ciudades seguras para todas y todos, libres de violencias machistas y hacia las mujeres. Y, tercero, trabajar desde la acción comunitaria con las mujeres, reconociendo y visibilizando sus vivencias y conocimientos cotidianos.
Pasando a ejemplos concretos. Hay elementos de los espacios de relación que mejoran la vida de las personas como, por ejemplo, los bancos. Los bancos son elementos, no sólo de ocio o de disfrute en un espacio público, sino que también ofrecen una gran autonomía a las personas que tienen movilidad reducida. Porque hay personas que necesitan cada X metros poder parar y descansar. Siguiendo esa lógica, se podrían poner más bancos en los caminos hacia el centro de salud para aumentar la autonomía de las personas que utilizan estos equipamientos.
Otro ejemplo es la existencia y el acceso a baños públicos. Para esto puede haber diferentes soluciones, como un programa de promoción para que los baños de los bares sean públicos y de libre uso, con el objetivo de conseguir que realmente nuestros espacios públicos estén equipados y así todas aquellas personas cuidadoras o dependientes tengan a su disposición un elemento tan básico para la vida. Estos son elementos que reducen las desigualdades, ya que aumentan el nivel de autonomía de las personas. Son ejemplos prácticos de cómo un elemento urbano puede cuidar a las personas.
En cuanto a la vivienda, lo mismo. Se trata de diseñar viviendas que tengan espacios comunitarios, compartidos, que permitan que las personas se puedan encontrar y compartir. Si hacemos viviendas que como espacio máximo comunitario solo tienen una escalera, seguiremos reproduciendo esta idea dicotómica entre lo público-privado, sin espacios intermedios.


Las mega-ciudades no son sostenibles, por lo que abogáis por la ciudad compacta o de proximidad.

Este modo de planificación está obsoleto y debe de cambiar
Nuestra crítica contribuye a poner en evidencia el conflicto que implica mantener el modelo de desarrollo urbano implementado por la sociedad capitalista y patriarcal cuya hegemonía, como se ha demostrado, causa un efecto urbano perverso para la sociedad, genera un impacto negativo directo en la vida cotidiana de las personas y provoca desigualdades sociales, perjudicando principalmente a las mujeres.
La vida se desarrolla en un espacio concreto y un tiempo finito. Creemos que el desarrollo y fortalecimiento de una vida en un entorno que sea vital, que esté equipado, que sea capaz de generar comunidad, que cumpla con unas características de habitabilidad... solo puede darse en un entorno próximo con ciertas características morfológicas que permitan acceder en una menor distancia a una mayor cantidad de servicios. Esto está ligado al derecho a la ciudad, y al derecho a poder vivir una vida digna.
Este enfoque de la proximidad tiene repercusión en otras aproximaciones como el de salud, la medioambiental y la económica, por el ahorro de recursos que conlleva, la reducción de las emisiones contaminantes y la generación de nuevos conocimientos, al potenciar el intercambio entre las personas.

 


Denunciáis el llamado “urbanismo preventivo”. ¿De qué trata?
Frente a la preocupación que muchas ciudades tienen por la seguridad, la mayoría de medidas de los gobiernos locales para prevenir y controlar el delito son estrategias restrictivas, como incrementar la presencia de la policía y el control en el acceso a los espacios públicos. En ciudades como Madrid y Barcelona, gobiernos de diferentes colores implementaron este tipo de medidas siguiendo el lema del urbanismo preventivo: se han eliminado bancos del espacio público, instalado elementos barrera para evitar que las personas puedan sentarse en mobiliario urbano como los maceteros, o incrementado la cantidad de cámaras de seguridad. Estas iniciativas no han mejorado la convivencia, sino que la han empeorado, aumentando la discriminación de grupos de jóvenes, habitantes de la calle, etc.
Este modelo de seguridad estandariza un arquetipo de ciudadano con un repertorio de usos legítimos y cívicos, y estigmatiza o expulsa del espacio a personas y colectivos que no encajan en ese molde y que habitualmente son personas pobres, racializadas, trabajadoras sexuales, personas migradas sin papeles, jóvenes... El urbanismo feminista cuestiona esta visión de la seguridad, porque invisibiliza la mayoría de violencias que se dan en la sociedad y, sobre todo, las violencias machistas en el continuo del espacio público-privado (acoso sexual, agresiones sexuales, percepción de miedo, etc.), sin analizar que la percepción del miedo a la violencia sexual en la que se sigue socializando a las mujeres limita nuestro derecho a la ciudad.


Desde el urbanismo feminista se defiende que el espacio público debe ser un espacio seguro para las mujeres, pero entendiendo esta seguridad desde una lógica interseccional y no securitaria.

El urbanismo feminista propone desjerarquizar, despatriarcalizar y territorializar el urbanismo
Nosotras siempre hablamos de la percepción de seguridad, no de seguridad, porque el miedo y la inseguridad tienen significados de género diferentes. A las mujeres se nos ha socializado para temer al espacio público, a la noche y a los extraños, a pesar de que la mayoría de las violencias que sufrimos son en los espacios domésticos y por parte de personas conocidas. Pero, incluso así, las mujeres tenemos una percepción de seguridad del espacio público diferente al de los hombres, porque padecemos o sufrimos por nuestro cuerpo, por la violación de nuestra intimidad.
Al trabajar desde esa mirada no pretendemos perpetuar una representación victimizadora de las mujeres como seres vulnerables, sino que tratamos de incluir elementos en el espacio urbano que generen percepción de seguridad. Por ejemplo, la visibilidad, que tengamos el control de por dónde vamos y hacia dónde, que el entorno este cuidado, señalizado...  En definitiva, que haya toda una serie de condicionantes que ayuden a generar esa percepción de seguridad. Por supuesto, todo ello teniendo mucho cuidado en no estigmatizar determinados barrios o espacios, porque también somos muy críticas de la apropiación política que se hace a veces de estos temas. 

 

 

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