Arantxa Tirado Sánchez | Politóloga

Orgullo de barrio, conciencia de clase y lucha obrera

talaia11 arantxa tiradoArantxa Tirado Sánchez es politóloga. Doctora en Relaciones Internacionales por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y Doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), país en el que residió once años. Es autora, entre otros, del libro La clase obrera no va al paraíso (Ediciones Akal, 2016), escrito junto a Ricardo Romero Laullón, “Nega”. Actualmente es profesora asociada del Departamento de Ciencia Política y Derecho Público de la UAB e investigadora del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG)
 

En los últimos años de este siglo XXI estamos asistiendo a un resurgir de los debates sobre la clase obrera. Desde aquellos que reflexionan sobre su pervivencia como clase en sí, apelando a los cambios producidos en el ámbito del mundo del trabajo y cómo están transformando la estructura de las clases sociales; hasta los que se plantean si la clase obrera es una clase para sí, consciente de sus intereses económicos y políticos diferenciados respecto a otras clases sociales y con voluntad de ejercer su histórico papel de sujeto revolucionario.

Se podría afirmar que, tras muchos años de ostracismo en la academia y en el debate público, el término clase obrera y, sobre todo, la conciencia de que la visión de clase es fundamental para entender los intereses en pugna en cualquier conflicto social, se va abriendo paso. Sin embargo, el panorama no es tan optimista como quisiéramos quienes defendemos que la clase obrera sigue siendo no sólo una categoría analítica útil sino un sujeto social imprescindible para la lucha política y la transformación social que tienen como propósito la superación del capitalismo.

Estamos asistiendo a un resurgir de los debates sobre la clase obrera

Por paradójico que parezca, estos debates se dan, en muchas ocasiones, en la esfera académica o meramente intelectual, a través de la publicación de libros y charlas en las que, aunque resulte increíble, a veces es difícil encontrar a miembros de la clase obrera. La reflexión también se da en el ámbito sindical, bien sea como ejercicio de autorreflexión o como formación teórica y, en menor medida, en los partidos políticos, donde la clase obrera sigue siendo, en términos generales, la gran ausente, sobre todo entre sus cuadros de mando. Y, sí, hablamos de los partidos de la izquierda estatal, conscientes de que cada territorio tiene sus especificidades pero que, no obstante ellas, la infrarrepresentación de la clase obrera en los partidos de la izquierda es un problema histórico de los partidos, incluyendo a los comunistas, desde hace décadas.1

Uno de los temas recurrentes cada vez que aparece la clase obrera en el horizonte del debate es la reflexión sobre la identidad obrera. Aunque sabemos que la clase no es una simple identidad, si bien puede operar como tal, parece que hay quienes se enfocan en negar el papel político de la clase obrera arguyendo que la gente ya no se siente identificada con el término.

Se arguye que la clase obrera ha mutado, que los trabajadores y trabajadoras fabriles son cada vez menos y, por tanto, ya no tendríamos obreros como tales. Se obvia, por supuesto, que la clase obrera abarca a un conjunto de trabajadores que trasciende el trabajo en un entorno industrial y que, bajo nuestro criterio, se trata de un término político que sigue vigente en tanto en cuanto muchas personas se identifican con él. Pero, lo más importante, la clase obrera sigue existiendo porque siguen existiendo las relaciones sociales capitalistas que le dan origen. Esto significa que tiene enfrente a otra clase antagónica, la capitalista, que sigue lucrándose de su esfuerzo y sudor, en definitiva, de su trabajo. Si el capitalismo no ha desaparecido, la clase obrera tampoco. Por tanto, la clase obrera entendida como sinónimo de clase trabajadora es no sólo una categoría analítica sino una realidad material incuestionable. Salvo para quienes llevan décadas negándola, sea desde la derecha o desde posiciones que parecen ubicarse en una izquierda post-marxista.  

Si el capitalismo no ha desaparecido, la clase obrera tampoco


Ahora bien, afirmar su existencia no implica necesariamente negar su transformación, tanto en su morfología, como en su composición más heterogénea, en la manera de socializarse o en los niveles de conciencia respecto a épocas anteriores. No puede negarse que, tras décadas de bombardeo neoliberal, los valores del sistema han penetrado entre algunos sectores de la clase obrera, que han adoptado una visión individualista que apuesta por la solución particular a problemas que son colectivos, o se resigna frente a su lugar en la jerarquía social. Esto se expresa también en sus organizaciones de representación sindical, que han optado por una línea de concertación y diálogo tripartito, convirtiendo a los grandes sindicatos en “empresas de servicios” para la clase trabajadora, más que en herramientas de lucha. Lejos queda en la historia la función de los sindicatos como lugares de socialización integral de la clase obrera, formación política e, incluso, espacios de ocio.

Ante esta clase obrera actual y las nuevas realidades de un mundo del trabajo cada vez más flexible, atomizado, externalizado, con una precarización en aumento y una mecanización e informatización de los procesos productivos que expulsa a los trabajadores de la fábrica llevándolos en ocasiones a un falso autoempleo en el sector servicios, surgen multitud de preguntas: ¿Cómo se reproduce en este siglo XXI, en el que el capitalismo está transformándose de manera vertiginosa y, con él, las relaciones laborales, la identidad de clase? ¿Podemos afirmar que el lugar de trabajo atomizado y unas relaciones laborales fragmentadas, y más todavía tras la pandemia, ya no son el espacio de socialización principal de la clase obrera? ¿Dónde queda, entonces, el papel de la lucha sindical en este escenario en que, además, los grandes sindicatos vienen perdiendo afiliación en los últimos tiempos? ¿Se puede afirmar que las luchas obreras ya no son lo que eran ante una realidad donde observamos, producto de unos abusos empresariales incesantes, una multiplicidad de focos de conflicto laboral que reciben poca solidaridad generalizada? ¿Estamos asistiendo a un proceso paradójico de descrédito de la acción sindical justo en el momento histórico en que más necesitamos de los sindicatos para, cuando menos, evitar la involución de derechos conquistados hace décadas? ¿Y si trabajamos cada vez más aislados y sólo acudimos al sindicato cuando tenemos problemas en el trabajo, cómo mantenemos nuestra identidad de clase? Aquí es donde aparece la socialización en el barrio y las luchas que desde ahí se han desplegado y se están desplegando como vía alternativa o complementaria a la sindical o laboral -siempre imprescindible- para mantener una cohesión de la clase obrera.

 

El barrio en la lucha de clases

La importancia de los barrios obreros y el protagonismo de sus habitantes en las luchas sociales no es nueva. Ha sido abordada por la Sociología urbana desde hace años. En el caso del Estado español, durante el periodo conocido como Transición a la democracia, la organización vecinal de los barrios obreros constituyó un bastión para oponerse a la dictadura a la vez que se conseguían mejoras en las infraestructuras y servicios de los barrios. Muchas de estas asociaciones de vecinos y vecinas fueron fundadas por militantes de la izquierda comunista que, a su vez, estaba articulada en otros frentes de intervención: sindicato, partido, etc. Así, la lucha sindical o política encontraba también un correlato en la lucha vecinal y ambas iban de la mano.

¿Si trabajamos cada vez más aislados, cómo mantenemos nuestra identidad de clase?

Con el inicio del régimen del 78 y la “modernización”, en términos generales, de los barrios obreros a través del incremento de la inversión pública (en el caso barcelonés, la excusa de las Olimpiadas de 1992 marcó un antes y un después en el lavado de cara a los barrios de la periferia), se produjo un reflujo en la organización vecinal, coincidente también con el reflujo de las organizaciones políticas que se encontraban detrás de ellas. Eran los tiempos del pelotazo económico y de la hegemonía estatal del PSOE que abrió la puerta a la desregulación laboral a través de diversas contrarreformas sumamente lesivas para los intereses de la clase trabajadora.

Quizás por un pasado de lucha barrial, o por la simple conciencia de saberse habitantes de territorios marginados o relegados en la periferia de las ciudades, la identificación con el barrio de origen ha ido de la mano de un orgullo de barrio para la clase obrera. Esto es especialmente acusado en las primeras generaciones que han nacido en él, a diferencia de unos padres y madres que provenían de una migración del campo a la ciudad. Pero este orgullo de barrio no implica, por sí mismo, la conciencia de la necesidad de luchar por los problemas colectivos que afectan a los integrantes del barrio, el establecimiento de redes de cooperación o la reactivación de las asociaciones vecinales. Puede expresarse en un orgullo replegado en un identitarismo mal entendido que excluye a la nueva migración de origen extranjero, por ejemplo, o que se basa en la nostalgia de una infancia que se idealiza en la memoria.  

No obstante, también hay otro orgullo de barrio que está sirviendo para generar conciencia y acción colectiva, a la vez que se refuerzan los vínculos entre la clase trabajadora y su identidad de clase. Es el orgullo politizado de aquellos sectores que dinamizan la vida del barrio a través de múltiples asociaciones. En algunos casos, la movilización del 15M dejó un poso en el tejido asociativo de los barrios, reactivando unas asociaciones de vecinos rejuvenecidas y renovadas con nuevos integrantes o creando nuevas organizaciones que surgen con la llegada de nuevos vecinos al barrio o al calor de determinados conflictos coyunturales. En ese sentido, el barrio, como lugar donde se expresan en primera instancia muchos de los problemas que aquejan a la clase trabajadora como es el alto precio de la vivienda, la especulación inmobiliaria y los desahucios, la gentrificación y la turistificación que expulsa a los vecinos, puede convertirse (y se convierte) en el lugar para intervenir, sea en la modalidad asociativa que sea (Plataforma de Afectados por la Hipoteca, sindicatos de inquilinos e inquilinas, asociaciones  o asambleas vecinales, sindicatos de clase, comités de barrio, etc.).

 

La construcción de la identidad obrera desde el barrio

Pasar de la identidad de barrio obrero, es decir, de una identificación con la pertenencia a un lugar que te vincula a una clase a una conciencia de clase para sí es el gran reto implícito en las luchas que se despliegan en el barrio. De hecho, los conflictos, sumados a la identidad de pertenencia al barrio, activan la generación de conciencia, pero no son garantía de que se resuelvan en un sentido de izquierdas o revolucionario. Pueden, por el contrario, ser el caldo de cultivo en el que intenta abrevar la ultraderecha, azuzando conflictos de convivencia existentes o generando conflictos inexistentes en lógicas de división de la clase obrera. Es la diferencia entre poner el foco en los desahucios o en la “okupación” de viviendas.

La identidad obrera puede darse producto de una identificación con la pertenencia a un barrio obrero

Así, la función de los barrios populares como lugar de lucha y de construcción cultural de una identidad colectiva en términos de clase dependerá de la correlación de fuerzas existente en cada caso. El balance entre los vecinos que asocian el orgullo de barrio vinculado a una lucha por su mejora y quienes se contentan con una mera exaltación de pertenencia dará la respuesta para cada contexto. En todo caso, es importante destacar que la mera identificación puede, no obstante, ser un primer paso para la toma de conciencia de pertenecer a un colectivo, con unos intereses diferenciados, lo que pudiera llevar a la acción colectiva en determinadas coyunturas. Podemos pensar en los casos de los vecinos del Carmelo, en Barcelona, movilizándose y organizándose tras el socavón producido en 2005 por unas obras del metro en el barrio que obligaron a desalojar a cientos de vecinos durante meses y pusieron sobre la mesa el problema de la corrupción en las obras públicas catalanas (el famoso 3%).  Pero también en los vecinos del barrio del Gamonal en Burgos, opuestos al gasto público en las obras de un bulevar en un contexto de graves problemas económicos en el barrio. El resultado de las luchas será entonces una combinación de la correlación de fuerzas preexistente, así como de la capacidad de la lucha de impactar en la conciencia colectiva y desatar otros niveles de participación. Lo que parece evidente es que, en todas ellas, se produce al menos una toma de conciencia colectiva que puede abonar en una identificación no sólo barrial sino también de clase. Y que, cuando ambas confluyen y cristalizan, dan lugar a experiencias tan sugerentes como el proyecto de L’Obrera2 en Sabadell o el movimiento La Poderosa3 que surgió en las villas argentinas pero que ya tiene implantación en varios países de Suramérica y cuenta incluso con una publicación mensual, “La Garganta Poderosa”, y una radio propia.

Responder a las necesidades materiales es prioritario pero también lo es reforzar la identidad de clase

Algunos autores defienden que la clase obrera sólo puede existir en tanto que lucha. Siguiendo esta argumentación, la clase obrera en el barrio sólo existiría como tal si está movilizada en una lógica de clase.  Sentimos diferir de esta afirmación. Igual que puede existir clase obrera en sí, aunque no tenga conciencia de clase para sí, siguiendo la diferenciación hecha desde el marxismo entre una clase obrera que existe como tal y una clase obrera que es consciente de su lugar en la historia y su papel para transformarla; también puede existir un orgullo de barrio en sí que pueda devenir un orgullo de barrio para sí. La politización, por supuesto, es necesaria y en muchas ocasiones se hará en medio de un conflicto que lleve a una lucha concreta. Pero defendemos que esa conciencia e identidad más o menos latente, en relación dialéctica con un entorno laboral y unas condiciones de vida materiales determinadas en los barrios, es la base imprescindible sobre la que puede detonar la movilización y hasta la organización social. Y que la identidad obrera puede darse producto de una identificación con la pertenencia a un barrio obrero, incluso sin luchar desde él. Se puede tener conciencia de clase sin lucha pero, desde luego, no se puede tener lucha sin conciencia de clase pues, tarde o temprano, esta emergerá al calor de la propia lucha.
En un momento en que el desempleo hace estragos entre los jóvenes del Estado, y cada vez más entre los adultos que van a pasar de los ERTEs a los EREs, el barrio aparece como un lugar para seguir aglutinando la conciencia de pertenencia colectiva a una clase desposeída a la que le están negando hasta la última posibilidad que le queda para subsistir en este sistema: vender su fuerza de trabajo. Además, un elemento fundamental para dimensionar la importancia del barrio para hacer labor política y sindical es que en los barrios obreros se concentra esa juventud trabajadora, que no es solamente la “mejor preparada de la Historia” con estudios universitarios sino el grueso de la juventud obrera que, en términos generales, está menos movilizada y se siente menos interpelada por la política que otros sectores de la juventud. Una juventud que padece en mayor medida el desempleo frente a la juventud universitaria4 que, por su parte, está más empleada, aunque en muchas ocasiones desempeñando labores que poco o nada tienen que ver con sus estudios. Sin esa juventud obrera, y sin la implicación de la clase obrera en general, cualquier transformación política que se plantee no pasará de reproducir el actual estado de cosas y, por tanto, la perpetuación de las estructuras existentes que son las mismas que generan todos los problemas que enfrentamos como clase.


Algunas reflexiones finales

En un contexto en que la clase obrera está más fragmentada o fuera del ámbito laboral y carece de lugares de socialización propios de su tradición, las experiencias de organización y lucha en el barrio pueden servir para aportar alternativas a la hora de reforzar la conciencia de clase y la identidad obrera. Por eso es tan importante la labor que están teniendo los movimientos que desde los barrios tratan de generar tejido social y experiencias alternativas de autoorganización de la clase trabajadora, desde nuevos planteamientos y, en ocasiones, también con un relevo generacional. Por ejemplo, la pandemia ha provocado que muchos vecinos se hayan tenido que movilizar para prestarse apoyo mutuo ante el impacto de la crisis agudizada por la COVID-19 de manera coyuntural. Pero el aumento de los conflictos, bien sea en el ámbito laboral o en el espacio territorial, requiere el reforzamiento de organizaciones de lucha con objetivos de largo aliento, que trasciendan lo meramente material y asistencial. Responder a las necesidades materiales es prioritario y fundamental pero también lo es reforzar la identidad y la conciencia de la clase obrera. Y, por qué no, su autoestima. Y esta se logra gracias a las victorias conseguidas en la lucha, pero también con proyectos que vinculan el orgullo de barrio al orgullo de clase de manera abierta, en una intervención que es tanto política como cultural. En el Estado estamos lejos de conseguir lo que han logrado desde Argentina a gran escala con el movimiento La Poderosa, pero haríamos bien en fijarnos en estas experiencias de otras latitudes, además de las que tenemos por toda la geografía estatal, porque en su exaltación del orgullo de barrio, indisociable de un rabioso orgullo de clase, está la clave para impulsar la acción de una clase obrera que no se resigna al papel que el capitalismo le ofrece sino al que ella construye en la historia con su acción consciente.

 

Notas

1 Para profundizar en este argumento puede consultarse el texto que escribí en la revista Catarsi Magazín: https://catarsimagazin.cat/una-revolta-obrerista-en-les-organitzacions/ |Volver

2 https://twitter.com/l_obrera |Volver

3https://lapoderosa.org.ar |Volver

4 JÓVENES Y MERCADO DE TRABAJO Junio 2020 | Descargar PDF |Volver

Tags: hiri eredua, auzoak, klasea, langile borroka

Hemen gaude

IPAR HEGOA FUNDAZIOA
Rekalde Zumarkalea, 62 -behea P.K. 48010 BILBO
94 470 69 00 info@iparhegoa.eus


twitter youtube mastodon


 

 

Hizkuntza-Idioma