Amaia Pérez Orozco

Introducción al debate

amaia perez orozko Amaia Pérez Orozco es economista feminista, doctora en Economía Internacional y Desarrollo por la Universidad Complutense de Madrid. Compagina su “mirada feminista a la economía” con la participación activa en los movimientos sociales. Trabaja principalmente sobre la sostenibilidad de la vida como el conjunto de necesidades materiales y afectivas de las personas. Entre otras, es autora de la reconocida obra “Subversión feminista de la economía”.
 
Las formas actuales que toma el trabajo (incluyendo a qué llamamos trabajo), así como sus modos de valoración y distribución son sumamente elocuentes del sistema socioeconómico  tóxico que habitamos. Un sistema de dominación múltiple capitalista, heteropatriarcal, colonialista/racista y medioambientalmente destructor, instalado sobre un profundo e irresoluble conflicto entre la acumulación de capital y la sostenibilidad de la vida (humana y del planeta). Este sistema está en profunda transformación. Vivimos tiempos de crisis civilizatoria y colapso ecológico en los que la pregunta ya no es si queremos cambiar el modelo, sino hacia dónde transitar y cómo hacerlo. Las izquierdas múltiples deben hacerse responsables de guiar este cambio evitando la caída en el abismo, encaminándolo hacia escenarios de un futuro buen convivir. Necesitamos construir un horizonte común de transición y definir medidas de transición, que den respuesta a las urgencias a la par que sientan las bases del cambio sistémico hacia ese horizonte.
 
“ Necesitamos construir un horizonte común de transición y definir medidas de transición”

En la transición hacia una sociedad futura que ponga en el centro la sostenibilidad del buen convivir, el debate de qué hacer con el trabajo es clave. No tenemos claridad sobre qué medidas implementar, pero tampoco hacia dónde queremos ir: ¿abajo el trabajo o el trabajo como base de una economía que priorice la vida? Lanzo aquí ideas a modo de provocación para hincar el diente a estos debates; en ningún caso son certezas.
La urgencia hoy es afrontar la crisis de reproducción social, entendida como un triple proceso de precarización de la vida, estrechamiento del nexo entre precariedad y exclusión, e hipersegmentación socioeconómica. El cambio sistémico pasa por erosionar el nexo entre calidad de vida, consumo individual en el mercado capitalista y trabajo asalariado. El trabajo asalariado (en sentido amplio) es un trabajo alienado, que se hace porque se nos ha expropiado de los medios de reproducción y somos esclavxs del salario. Este nexo tiene una contracara: todo aquello donde no llega el dinero, todo daño que los mercados hacen a la vida, se resuelve mediante los cuidados. Los cuidados, en este sistema, son la cara oculta del trabajo asalariado, son su residuo y su base; un trabajo que se privatiza, feminiza e invisibiliza. Llamémoslos malos-cuidados.

Hay distintas formas de abordar la urgencia: podemos apostar por garantizar ingresos (renta básica de las iguales); o empleo (trabajo garantizado); o por redistribuir tiempos y reconstruir redes de apoyo mutuo. O por una combinación de todas ellas u otras. La pregunta es qué estrategia nos pone en la senda del cambio estructural; un cambio que exige erosionar las formas de trabajo hegemónicas hoy (el trabajo asalariado y los malos-cuidados) para construir formas de trabajo emancipadas… que quizá ni siquiera tengan por qué seguir llamándose trabajo.
 
“Cambio que exige erosionar las formas de trabajo hegemónicas hoy (el trabajo asalariado y los malos-cuidados) para construir formas de trabajo emancipadas”

¿Qué criterios pueden sernos útiles para definir medidas de transición en esta doble línea? Aquí defendemos tres: la desmercantilización y colectivización de las necesidades; la reorganización de los trabajos socialmente necesarios; y el cambio hacia una matriz (re)productiva que colectivice la responsabilidad por el buen convivir.

1) Han de ser medidas que avancen hacia el establecimiento de formas colectivas y desmercantilizadas de resolución de las necesidades. Frente a garantizar ingresos, priorizar las vías no mercantiles de acceso al bien-estar. Esto pasa por una apuesta decidida por los servicios públicos: defender lo que hay, revertir las privatizaciones, ampliarlos a una infinidad de áreas y crear puentes entre lo público y lo comunitario. Y pasa por apostar por las formas autogestionadas de resolución de la vida en común, incluyendo la desobediencia a la legalidad vigente y el cuestionamiento de la propiedad privada.

2) Un segundo criterio es que estas medidas avancen hacia la reorganización de los trabajos socialmente necesarios; lo cual abarca un triple proceso de redistribución, revalorización y relocalización de los trabajos.

Redistribuir, porque los trabajos hoy están hipersegmentados a nivel global, por territorios urbano/rural y por ejes de clase social, género, estatus migratorio y condición racial. No podemos pelearnos por ser el trabajo cualificado que diseña el software y no el que extrae el coltán; ni por ser quien va a la oficina y no quien se queda cambiando el pañal. Apostamos por redistribuir porque entendemos que responsabilizarse de hacer posible la vida colectiva debería ser consustancial al hecho de vivir. Y asumimos que nos tocará hacer trabajos sucios (¡no todo lo socialmente necesario es estupendo!) de forma que el reparto no ahonde las relaciones de desigualdad, sino que las diluya.
 
“Entendemos que responsabilizarse de hacer posible la vida colectiva debería ser consustancial al hecho de vivir. Revalorizar, porque los criterios y mecanismos de valoración son fiel reflejo del sistema tóxico”

Redistribuir se concreta en cosas. En exigir una reducción drástica de la jornada laboral sin pérdida de masa salarial (¡con un fuerte aumento!), pero sí acompañada de una revisión de las desigualdades salariales, el establecimiento de un salario/ingreso máximo y la subida del mínimo. Y en avanzar hacia un reparto radicalmente equitativo de los trabajos no pagados. En términos de tiempo, mucha gente y, sobre todo, muchos hombres, viven por encima de sus posibilidades. Para esto, las políticas de tiempo pueden ser útiles; pero sobre todo lo son las rebeldías cotidianas y ubicuas contra la división sexual del trabajo.

Revalorizar, porque los criterios y mecanismos de valoración son fiel reflejo del sistema tóxico. Hay criterios heteropatriarcales: en los trabajos masculinizados, mayor valor económico significa mayor reconocimiento social; en los feminizados (aquellos que han de hacerse por amor) el reconocimiento social es mayor cuanto menor es el valor económico. Hay criterios capitalistas: los trabajos valen más cuanto más directamente aportan a la acumulación de capital (y por ende y dado el conflicto de base, menos a la sostenibilidad de la vida). ¿Con qué nuevos criterios vamos a funcionar? Quizá a lo más que llegamos ahora es a saber que serán otros totalmente distintos. Y que los ponemos en práctica cada vez que discutimos escalas salariales, montamos un banco del tiempo o denunciamos que no, el aclamado día en que ellos se quedan solos con lxs niñxs no compensa la silenciosa omnipresencia de ellas.
 
“El horizonte no puede ser pagarlo todo. Esto implicaría ahondar en la mercantilización de la vida”

También deben cambiar los mecanismos de valoración. En el capitalismo, valorar es remunerar. Hay trabajos que debemos remunerar o pagar mejor porque el dinero es hoy imprescindible. Pero el horizonte no puede ser pagarlo todo. Esto implicaría ahondar en la mercantilización de la vida y enjaularnos en una comprensión del valor que replica lo que queremos transformar. Más allá, dado lo que el dinero es en este sistema, simplemente no se puede: es un medio de acumulación basado en trabajos invisibles. El dinero ha de ser cada vez menos necesario y ha de cambiar: ser medio de intercambio (no de acumulación), sujeto a mecanismos democráticos en su creación y funcionamiento. Esto se liga al cuestionamiento de la propiedad privada y la idea misma de riqueza: riqueza es lo que nos permite sostener la vida en común, no una mentira colectiva que opera sobre la desigualdad y la concentración del poder. Valorar, en un sistema contributivo, es reconocer y hacer efectivos derechos sociales y económicos. ¿Hay que ampliar la idea de contribución para incluir trabajos no remunerados? Más bien hemos de deslaboralizar los derechos, apostando por su universalización. ¿Implica esto que las empresas no paguen seguridad social? Muy al contrario; es una forma clave de que costeen la reproducción de la mano de obra de la que se lucran. Pero sí significa financiar derechos no (solo) mediante la caja de la seguridad social, sino de los presupuestos generales.

Revalorizar los trabajos, en el marco de un proceso de desmercantilización y colectivización del bien-estar, obliga a discutir sobre el dinero y la propiedad, y a avanzar en la universalización de derechos. Pero también supone revisar el valor que damos al trabajo (y a qué trabajo) en la construcción de nuestras identidades: ¿cómo romper con la atadura de que nuestro valor como personas venga tan determinado por que el circuito de acumulación tenga un hueco para nosotrxs?
Y relocalizar, por un doble motivo de sostenibilidad medioambiental y aumento de la soberanía económica. Hemos de apostar por circuitos socioeconómicos cortos y simplificados. Relocalizar es devolver a nuestras manos muchos trabajos que no hacemos y que, si podemos, transferimos a otros y, sobre todo, a otras. Pero también sacar hacia fuera y poner en lo común trabajos que hacemos en las casas porque no hay una responsabilidad compartida sobre la vida.
 
“Cambiar la forma en que cubrimos las necesidades y reorganizar los trabajos con que las resolvemos significa cambiar la matriz (re)productiva”

3) Cambiar la forma en que cubrimos las necesidades y reorganizar los trabajos con que las resolvemos significa cambiar la matriz (re)productiva de manera que esta se componga de diversas entidades y sectores donde se asuma la responsabilidad compartida de sostener la vida. Este es un tercer criterio. Implica debatir qué hemos de producir, qué buen vivir queremos reproducir en común; y a través de qué estructuras socioeconómicas hacerlo. Así definiremos qué trabajos son socialmente prescindibles, perniciosos o necesarios; y qué sectores (re)productivos han de funcionar. Hay sectores que deben ir desapareciendo, como el nuclear y la minería; y otros que hemos de ampliar, como la atención a la dependencia o la agroecología. ¿Y en base a qué entidades socioeconómicas funcionar? Frente al actual panorama compuesto por un sector privado lucrativo hegemónico, un sector público burocratizado y en retroceso, y los hogares heteropatriarcales como colchón, quizá se trate de apostar por un sector público fuerte en puente con lo comunitario, la economía social y solidaria, y las redes de convivencia libremente elegidas (familias de elección, comunidades diversas existentes y por inventar).

En el marco de este complejo proceso de hacernos responsables de la transición discutiendo qué hacer con el trabajo, hay ámbitos de lucha estratégicos. Termino mencionando dos. La exigencia de derechos de conciliación, sabiendo que la conciliación es mentira, pero que aquí se encarna la pelea por no aceptar que nos traten como mano de obra que surge de la nada, sino reivindicarnos como vidas interdependientes. Y el empleo de hogar, en tanto que sector donde se entretejen desigualdades múltiples y que da soluciones individualizadas a las tensiones estructurales. Discutir qué hacer con él (más allá de un buenista y semivacío alegato por mejorar sus condiciones) nos enfrenta a nuestros peores demonios, individuales y colectivos.

En el debate y la práctica estamos. Y, por eso mismo, este monográfico. ¡Que nos aproveche!

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