Eunice Romero

«La migración es una característica constitutiva de la Catalunya contemporánea»

talaia10 Eunice Romero Eunice Romero, Procedente de México, reside en Barcelona desde 2003. Politòloga e investigadora, ha investigado sobre identidad, construcción nacional e inmigración

 

El proceso político de Catalunya ha tenido como uno de los ejes del debate político cuál era el sujeto legitimado para tomar las decisiones sobre el futuro del país. No ha tenido peso, en cambio, cómo y por quiénes se debía de conformar ese sujeto.
Primero, es lógico que en una confrontación con el Estado, el sujeto político Catalunya haya sido privilegiado en contraste con el conjunto de los españoles o súbditos de la corona española. Porque la batalla se da entre si el sujeto de decisión son todos los ciudadanos del Estado o es únicamente Catalunya. Pero, como bien apuntas, la cuestión de quién conforma ese sujeto, de quiénes somos Catalunya, es una cuestión largamente suspendida, no explicitada. Y es curioso porque parece una cosa como muy natural, pero no estaba hablada.

Debemos tener en cuenta que desde la segunda mitad del siglo XX,  la composición demográfica de Catalunya ha cambiado debido a las grandes migraciones. Muchas de ellas originadas por el régimen franquista. Todas estas personas que llegan en un momento dado a Catalunya son incluidas en la vida normal del país, en los años del franquismo en los que no se hablaba mucho del sujeto político catalán, precisamente.
Es cuando llega la transición cuando se vuelve a hablar de este “quiénes somos”, y la verdad es que ha habido bastante ambigüedad sobre esta cuestión.  Por un lado, ha existido la necesidad de restablecer la diferencia catalana (respecto al Estado), y por otro, la necesidad de incluir a todas esas personas migrantes (principalmente, por su peso electoral). Para ello se utilizaron conceptos magistrales como la de “catalán es todo aquel que vive y trabaja en Catalunya, si quiere serlo” o, “somos 6 millones”, mientras se mantenía una idea de Catalunya inmutable en el tiempo. Esta ambigüedad (aunque no ausente de aspectos problemáticos, como el clientelismo político en nombre de las identidades diversas) es interesante, porque permitió evitar la confrontación y generar un cierto margen para la legitimación de formas de vida que no reproducían exactamente la imagen del catalán puro. Y eso es lo que permite, en un momento dado, un crecimiento del independentismo en ámbitos inesperados. Se llega a desafiar esa idea simplista, que considera impensable que una persona que habla castellano como lengua habitual o familiar, o que se considera a sí mismo apegado a España por lazos familiares, sea independentista. Esto pudo darse gracias a esa ambigüedad, que es maravillosa y que fue muy provechosa para que Catalunya sea lo que es.

 

Y ¿qué discursos o estrategias has echado en falta en el movimiento independentista de cara a hacer parte del sujeto político a las personas migrantes o a los colectivos que las agrupan?

Esto es más complejo. En Catalunya hablar de migración no es tan distinto de hablar de nación. Pienso que la migración es una característica constitutiva de la Catalunya contemporánea. Un 70% de la gente que vivimos aquí provenimos directa o indirectamente de las migraciones que van desde los años 50 hasta los 2000. De hecho, la inmigración tiene un impacto reconstituyente del sujeto Catalunya. Por ello, es difícil hablar de personas migrantes como algo aparte del sujeto político, porque digamos que muchas de ellas están incluidas dentro de él.
Lo cierto es que desde el 2006 en adelante, hay todo un intento – aunque tímido todavía - de ir ampliando la mirada de quién es catalán, de legitimar formas específicas de ser catalán: diversidad religiosa, lingüística... Pero no se habla  tanto de la migración, fíjate tú, sino que se habla de la diversidad en general. Y se habla muy poco de la migración del sur de España hacia Catalunya, que es la más compleja de explicar. Por ejemplo, se habla de plurilingüismo y así no se pone el foco en la cuestión de la presencia del castellano.

Dicho esto, es verdad que echo en falta algunas prácticas más definidas en este sentido. Porque, a pesar de que la apertura  discursiva que se da a lo largo del proceso hace que la nación catalana sea más incluyente, en un momento en que corren vientos de exclusión, de racismo y de xenofobia en Europa, faltan todavía prácticas concretas. Unas  prácticas que se vuelven muy transcendentales, porque las personas migrantes no necesariamente estarán atendiendo al relato.
Por ejemplo, muchas de las personas que migraron más recientemente, están excluidas por una ley de extranjería, que genera una segregación social, económica, urbana... que hace que ni siquiera exista la posibilidad de compartir los mismos espacios, ni imaginarios, ni vivenciales. Esa distancia es un límite, un límite para que las personas migrantes se sientan parte del “nosotros”. Esa diferenciación se da a través de todas esas dinámicas segregadoras, pero también por heridas emocionales que se arrastran desde antes. Me refiero a gente que pueda venir de familias migradas del resto del estado español. Lo cierto es que esa distancia se debe más a una cuestión de clase que de identidad. Se debe a frustraciones que tienen que ver con el modelo neoliberal, pero que están siendo resignificadas hacia una confrontación más étnica, o incluso de identidad, aunque en realidad no partan de ahí.

 

El unionismo ha basado su estrategia en la negación del derecho a decidir y, por lo tanto, ha trabajado para obstaculizar la construcción política de un sujeto político catalán. ¿Ha tenido esto algún reflejo de cara a las personas migradas?

Si creemos que el derecho a decidir es un principio fundamental democrático, debemos quererlo para todos y todas

En general, las negaciones de derechos son una cosa bastante habitual entre las personas migradas. Por ejemplo, un 14% de la población catalana está excluida del derecho a decidir, por el simple hecho de no tener la ciudadanía, papeles. Es un porcentaje importante. Y no se puede considerar democracia a un espacio donde no todo el mundo tiene derecho a votar.  En realidad, esto podría ser un punto de convergencia importante (entre el independentismo y los migrantes), y no sé si está siendo lo suficientemente explotado.

Lo cierto es que a veces nos puede la miopía política y se ha llegado a plantear el tema mediante proyecciones politológicas, en torno a cómo se comportaría el voto de los migrantes. Y, según esas proyecciones, si nos conviene o no nos conviene incluirlos para conseguir mayorías. Lo que pasa es que la cuestión no es si te sale a cuenta o no. No puede ser tan táctico, tan miope, el hecho de incluir a las personas migradas. Es mucho más profundo que todo esto.  Parece que a la gente se le olvida que las personas migrantes nos quedamos, y que tarde o temprano tendremos el derecho a voto. Por lo tanto, hay que trabajar honesta y sinceramente en la lucha por los derechos. Si creemos que el derecho a decidir es un principio fundamental democrático, debemos quererlo para todos y todas.

 

Uno de los principales retos del independentismo en la actualidad es lograr una mayoría más amplia. Para ello sería necesario superar las actuales limitaciones existentes en ese relato, hacerlo realmente inclusivo.

Un 14% de la población catalana está excluida del derecho a decidir, por el simple hecho de no tener la ciudadanía, papeles

Más allá del relato están las prácticas. No es suficiente decir que Catalunya ha sido siempre una nación o tierra de acogida. Porque hay gente que tiene experiencias disonantes en ese sentido.  Decir eso como una proclama, como un mantra, no nos vuelve un proyecto más inclusivo. Hay que trabajar para que en la practica lo seamos también. Lo que hace  a la gente sentirse parte de Catalunya es sentirlo como un lugar digno, sentir que eres respetada, sentir que tienes más posibilidades para la libertad. Lo cierto es que alguna de estas cosas se volvieron realidad, y eso fue lo que hizo que muchas personas, hablaran o no hablaran catalán, se llegarán a sentir parte de la nación catalana. Por eso es muy importante ir más allá del relato.

Ahora, hablando solamente del relato, es cierto que no ha sido inequívoco, no ha sido en una sola dirección. También ha habido discursos sobre una Catalunya romantizada, inmóvil en el tiempo. Catalunya entendida no como un proyecto nacional, sino como una realidad histórica inmutable. Este relato se lleva muy mal con la migración. No quieren que esta influya en la formación de la identidad catalana.  

Aunque este relato no es mayoritario, es cierto que existen este tipo de expresiones xenófobas.  Además, están siendo muy convenientemente aprovechadas por un movimiento unionista que trabaja a partir de explotar el resentimiento y el odio. Fíjate que el unionismo en este momento no es un proyecto que ofrezca una visión de hispanidad interesante, o seductor, sino que más bien trabaja en el anticatalanismo o en la antiindependencia, avivando cualquier mínimo atisbo de dolor, para convertirlo en odio y proyectarlo. Es una propuesta de gestionar el malestar más que una propuesta en positivo. Esto pesa, esto se siente. Por ello creo que es muy importante superar el relato y que lleguemos a las prácticas.

 

¿Cuáles deben ser los elementos claves en una estrategia que supere estos errores y camine hacia la construcción de sujeto político incluyente?

La lucha por la independencia también es una lucha por la democracia.

Para mí la lucha por la independencia también es una lucha por la democracia, por los derechos civiles y sociales. Si todo esto no se incluye en el proyecto soberanista creo que no se logrará ganar. Y ya no lo digo solamente por unas preferencias ideológicas particulares, sino por la realidad de la composición social. Sobre todo en un momento en el que el neoliberalismo nos ha fracturado y ha aumentando la desigualdades sociales.

Esa fragmentación es la principal amenaza a la democracia, y sin un espacio democrático donde jugar, la soberanía tiene muy poco que hacer. Por ello, el proceso soberanista también tiene que trabajar en pro de estos espacios democráticos. Y la democracia profunda implica el reconocimiento del otro, implica la posibilidad de participación de todo el mundo en condiciones lo más equitativas posibles. Eso, obviamente, conlleva una lucha contra las desigualdades.

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